El Cantón de Cartagena – 1873 – 1874

La última insurrección cantonal de la Primera República Española
| Denominación | Cantón de Cartagena |
| Período | 12 de julio de 1873 – 12 de enero de 1874 |
| Duración | 184 días |
| Capital | Cartagena (Región de Murcia) |
| Forma de gobierno | República federal cantonal |
| Líderes principales | Antonete Gálvez, Roque Barcia, Blas Pierrad |
| Contexto | Primera República Española – Movimiento cantonalista |
| Resultado | Rendición ante el general López Domínguez |
Introducción y contexto histórico
Hubo cantones que duraron días. Algunos apenas llegaron a semanas. El de Cartagena, en cambio, aguantó ciento ochenta y cuatro días frente al cerco del ejército gubernamental, y lo hizo desde una ciudad amurallada con acceso directo al Mediterráneo y con la flota de guerra más poderosa que cualquier insurrección española había tenido entre sus manos. Eso, por sí solo, ya lo convierte en un episodio singular.
El Cantón de Cartagena fue la última y más tenaz de las sublevaciones cantonales del verano de 1873, y se desarrolló en el período más turbulento de la historia política española del siglo XIX: la Primera República. Para entender qué fue y por qué ocurrió, hace falta retroceder unos años y asomarse a la acumulación de fracturas —sociales, militares, ideológicas— que hicieron de aquel julio una hoguera inevitable.
La Revolución de 1868, conocida como La Gloriosa, había defenestrado a Isabel II y abierto un ciclo de ensayos constitucionales sin precedentes: la monarquía democrática de Amadeo I de Saboya, su renuncia frustrada en febrero de 1873 y, a continuación, la proclamación de la Primera República. El problema no era solo qué forma de gobierno habría, sino de qué tipo de república se trataba. Y ahí estaba el nudo: los republicanos federales, que soñaban con una España organizada como una confederación de cantones autónomos, chocaban frontalmente con quienes preferían una república unitaria y centralizada. Francisco Pi i Margall, el teórico del federalismo español, intentó desde la presidencia construir un puente. No lo logró.
«El federalismo, en su versión más radical, no era un programa de gobierno sino una convicción moral: la de que el poder legítimo solo puede nacer desde abajo, desde la soberanía de la comunidad más pequeña.»
La Primera República: un gobierno acorralado
En menos de un año, la Primera República tuvo cuatro presidentes. Cuatro. La cifra habla por sí sola de la inestabilidad que carcomía las instituciones republicanas desde dentro. Estanislao Figueras, Pi i Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar se sucedieron en un remolino de dimisiones, presiones parlamentarias y pronunciamientos militares que convertían cada sesión de las Cortes en un campo de minas. Mientras tanto, fuera de Madrid, el país hervía.
Cuando Pi i Margall llegó a la presidencia en junio de 1873, su plan era claro aunque ingenuo: avanzar hacia un federalismo ordenado, redactar una constitución, encauzar las energías revolucionarias por vías institucionales. Pero sus bases más radicales no tenían paciencia. Entre julio y agosto de 1873, se proclamaron cantones en Alcoy, Murcia ciudad, Granada, Málaga, Cádiz, Sevilla, Castellón y otras poblaciones del arco mediterráneo. El ejército los fue sofocando uno a uno, con rapidez y dureza. Todos cayeron. Todos, salvo Cartagena.
Causas y antecedentes
Una ciudad con vocación rebelde
Cartagena no era una ciudad cualquiera. Su historia como plaza fuerte y núcleo naval le había dado una fisonomía social muy particular: una clase obrera numerosa y combativa, vinculada al Arsenal y a los talleres de calafateo; una guarnición militar con suboficiales politizados; y un republicanismo de raíces profundas que llevaba décadas organizándose en ateneos, logias y círculos federales. La Asociación Internacional de Trabajadores —la AIT, el primer intento de organización obrera internacional— contaba en Cartagena con secciones activas que conectaban a los trabajadores del arsenal con las corrientes más radicales del pensamiento europeo de la época.
A todo eso se añadía un agravio que la ciudad arrastraba desde hacía generaciones: la sensación de que Madrid la miraba solo cuando necesitaba sus cañones y sus barcos, pero la ignoraba en todo lo demás. El Arsenal era el pulmón económico de la comarca, pero las decisiones sobre su funcionamiento se tomaban a cuatrocientos kilómetros de distancia. Esa mezcla de orgullo herido y rabia clasista fue el combustible que encendió la chispa de julio.
El peso del pensamiento internacionalista
No sería exacto calificar el cantonalismo cartagenero de movimiento anarquista, aunque muchos de quienes participaron en él bebían de las mismas fuentes: Proudhon, Bakunin, y sobre todo la adaptación española que Pi i Margall había hecho del federalismo proudhoniano. La idea de fondo era que el estado centralizado era un instrumento de opresión, y que la verdadera soberanía residía en las comunidades locales. Desde esa perspectiva, proclamar el cantón no era sublevarse contra la república; era, al contrario, realizar la república en su forma más auténtica.
Roque Barcia, filósofo y agitador, llevaba años sembrando esas ideas en Cartagena. Sus escritos circulaban en los talleres y en las tabernas del barrio de la Concepción. Y es que el federalismo, en su versión más radical, tenía una capacidad de seducción enorme entre quienes no tenían nada que perder y mucho que ganar con un reordenamiento del poder.
El Arsenal y la flota: la diferencia que lo cambió todo
Ningún otro cantón contó con lo que tenía Cartagena: una flota de guerra. Cuando los sublevados tomaron el Arsenal en las primeras horas del 12 de julio, se apoderaron de varios navíos de primer orden —las fragatas blindadas Numancia y Victoria, la Méndez Núñez y otros buques menores— cuyos cañones de acero convertían cualquier intento de bloqueo naval en una empresa arriesgada. Además, el Arsenal mismo era una fábrica capaz de reparar, armar y abastecer a esos barcos durante meses. Esa circunstancia transformó lo que podría haber sido una insurrección efímera en un asedio de casi seis meses.
Proclamación del cantón (12 de julio de 1873)
La víspera
Los días previos al 12 de julio transcurrieron en una agitación febril. Las reuniones en el Ayuntamiento se prolongaban hasta la madrugada. Los círculos republicanos federales recibían noticias de otros cantones recién proclamados y sentían que el momento era ahora o nunca. En los barrios del arsenal, los obreros afilaban sus argumentos junto con sus herramientas. La Guardia Nacional local, lejos de ser un elemento de orden, estaba mayoritariamente del lado de los insurgentes.
El 11 de julio, una asamblea tumultuosa reunida en el Ayuntamiento aprobó la constitución de una Junta Soberana del Cantón. No fue una votación tranquila, con actas y secretarios: fue una aclamación, con discursos encendidos y brazos levantados entre aplausos. Al día siguiente, el 12 de julio, la proclamación fue oficial. Los cañones del castillo de Galeras tronaron en salva. La bandera roja y negra del cantón ondeó sobre la muralla.
La toma del Arsenal: el golpe decisivo
Simultáneamente a la proclamación política, un grupo de hombres armados —entre los que se contaban marineros descontentos, suboficiales politizados y obreros del arsenal— tomó las instalaciones sin apenas resistencia organizada. Los oficiales fieles al gobierno fueron desarmados. Algunos pidieron que se respetara su honor; se lo respetaron, y fueron puestos en libertad o confinados en sus cuarteles. La flota quedó bajo mando cantonal. Aquella mañana del 12 de julio, los insurrectos ganaron en unas horas lo que habría tardado años en conseguirse de otro modo.
Las primeras resoluciones de la Junta
La Junta Soberana no tardó en dar contenido político a la proclamación. Entre sus primeras resoluciones destacaron:
- La abolición de las quintas, el servicio militar obligatorio que recaía siempre sobre quienes no podían pagar la redención en metálico. Era la medida más popular, la que más aplausos arrancaba en las plazas.
- La declaración de soberanía plena del cantón, con independencia del gobierno de Madrid, en tanto no se aprobara una constitución federal.
- La incautación de bienes eclesiásticos y de propietarios hostiles al cantón, destinados a financiar la defensa y el sostenimiento de las familias de los combatientes.
- Un llamamiento urgente a los cantones del arco mediterráneo para que se sumaran y formaran una federación de hecho que el gobierno central no pudiera ignorar.
- La organización de milicias voluntarias reclutadas en Cartagena y los municipios vecinos.
No todo fue armonía, claro. Las discrepancias sobre cuánto radicalizar las medidas y cuánto negociar con Madrid afloraron desde el primer momento. Pero la urgencia de la defensa impuso una disciplina que las disensiones internas no lograron quebrar del todo.
Organización interna y medidas sociales
La Junta Soberana: un gobierno improvisado
Gobernar una ciudad sitiada, administrar sus finanzas, mantener el orden interno y dirigir simultáneamente una guerra no es tarea fácil en las mejores circunstancias. La Junta Soberana del Cantón lo intentó con los medios que tenía, que no eran pocos pero tampoco suficientes. Presidida inicialmente por Roque Barcia, fue cambiando de composición a medida que las circunstancias lo exigían —o que los conflictos internos lo imponían. La estructura era parte gobierno revolucionario, parte junta de defensa, parte asamblea popular: una mezcla que funcionó mejor de lo que cabría esperar.
Los fondos del Arsenal proporcionaron cierta estabilidad económica inicial. Los bienes incautados se administraron con una mezcla de rigor y arbitrariedad característica de los gobiernos en situación de excepción. Y la burocracia, esa maquinaria invisible del poder, siguió funcionando de forma casi rutinaria: se cobraron impuestos, se emitieron documentos, se nombraron alcaldes en los pueblos del entorno.
La vida cotidiana bajo el cantón
Lo más sorprendente quizás sea la relativa normalidad con que transcurrió la vida interna del cantón durante los primeros meses. Los mercados abrieron. Las escuelas funcionaron. El clero, aunque bajo sospecha, no sufrió persecución sistemática. Hubo, eso sí, medidas concretas que cambiaron la cotidianidad de los trabajadores: se fijó un salario mínimo para los obreros del Arsenal, se redujo la jornada laboral y se articularon mecanismos de asistencia —en buena parte gestionados por los propios comités de barrio— para las familias de los milicianos.
La verdad es que el cantón no fue el caos que sus adversarios describieron. Fue, más bien, un experimento apresurado y bajo presión constante, con todos los defectos que eso implica.
Las correrías de la flota cantonal
La flota fue mucho más que un escudo defensivo: fue también el brazo largo del cantón, el instrumento con el que sus líderes intentaron proyectar el movimiento más allá de las murallas de Cartagena. Los barcos cantonales recorrieron el litoral mediterráneo, entraron en puertos, exigieron contribuciones y lanzaron proclamas federalistas. El episodio más controvertido fue el bombardeo de Alicante en agosto de 1873, que causó víctimas civiles y provocó protestas tanto en España como en las cancillerías europeas. Fue un error político de primera magnitud. La imagen del cantón quedó dañada, y el gobierno aprovechó la indignación para aislar diplomáticamente a los cartageneros ante cualquier potencia que pudiera haber simpatizado con la causa federal.
El sitio de Cartagena
El cerco por tierra
Una vez liquidados los demás focos cantonalistas, el gobierno de la república concentró sus fuerzas en Cartagena. El general José López Domínguez, sobrino del veterano Martínez Campos y uno de los militares más competentes de su generación, asumió el mando de las operaciones en agosto de 1873. Su estrategia no fue el asalto frontal —habría sido suicida contra aquellas murallas— sino el desgaste: cortar los suministros, hostigar con artillería desde las alturas del Monte Galeras y el cerro de la Muela, y esperar.
Las baterías gubernamentales bombardearon la ciudad con una regularidad mecánica que llegó a formar parte del ritmo cotidiano de la población sitiada. Los cartageneros aprendieron a distinguir el sonido de los proyectiles, a calcular las trayectorias y a buscar refugio en los sótanos con una destreza que solo da la costumbre. Hubo muertos, hubo casas derrumbadas. Y sin embargo la ciudad aguantó.
El bloqueo naval: de la paridad al dominio gubernamental
En los primeros meses, el bloqueo naval fue poco más que una formalidad. La flota cantonal era superior en blindaje y artillería, y ningún almirante gubernamental estaba dispuesto a jugársela en un enfrentamiento abierto. La situación cambió hacia el otoño, cuando el gobierno adquirió nuevos buques y reforzó la escuadra bajo el contralmirante Antequera. Poco a poco, los navíos cantonales fueron siendo arrinconados, sus salidas al mar exterior cada vez más esporádicas y arriesgadas, hasta que quedaron definitivamente confinados en el puerto. Con eso, el cantón perdió su palanca de presión exterior más valiosa.
El invierno del agotamiento
El invierno de 1873-1874 fue el período más duro. El bloqueo ya era efectivo por tierra y por mar, y los almacenes del cantón empezaban a vaciarse. El racionamiento se fue endureciendo semana a semana: primero la carne, luego el aceite, finalmente incluso el pan. Las enfermedades —el tifus sobre todo— se cebaron con una población ya debilitada por los meses de privación. La pólvora escaseaba, los cañones acumulaban averías sin repuesto posible.
Y aun así, la rendición no llegaba. Esa tenacidad asombrosa tenía una explicación que va más allá de la disciplina militar: la identificación profunda de la población cartagenera con lo que el cantón representaba. No era solo un gobierno; era una promesa, una manera de entender el mundo. Rendirse era renunciar a algo que muchos habían esperado toda su vida.
Protagonistas y figuras clave
Antonete Gálvez: el militar del pueblo
Juan Antonio Gálvez Arce —Antonete, para todo el mundo— nació en Murcia en 1842 y llegó al cantón con la autoridad moral de quien lleva años conspirando contra la monarquía, pagando con el exilio sus convicciones. No era un estratega de academia; era un político-militar del tipo más hispánico del siglo XIX: impetuoso, carismático, capaz de arrastar a los hombres con su sola presencia. Durante el asedio, asumió el mando de la defensa y fue él quien mantuvo cohesionada a una guarnición que, de otro modo, se habría disuelto bastante antes.
Cuando la rendición fue inevitable, Antonete no esperó. Embarcó en la Numancia junto a otros líderes y puso rumbo a Orán. Desde el exilio argelino siguió activo durante años, convencido —o al menos así lo proclamaba— de que la causa federal aún tenía futuro en España.
Roque Barcia: el verbo del cantón
Si Antonete era el músculo, Roque Barcia Martí (1823-1885) era la voz. Filósofo, escritor prolífico y orador de raza, había dedicado su vida a construir el andamiaje intelectual del federalismo español. Presidió la Junta Soberana en los primeros días tumultuosos y dotó al movimiento de un discurso coherente cuando más falta hacía. Con el tiempo, sus posiciones se fueron moderando a medida que la realidad del asedio imponía sus limitaciones, y las fricciones con los sectores más combativos de la Junta se hicieron notar. No era el tipo de hombre hecho para la trinchera; lo suyo era el ensayo, la tribuna, la proclama.
Blas Pierrad y los militares disidentes
El general Blas Pierrad aportó al cantón algo que ningún civil podía dar: legitimidad castrense. Republicano federal convencido desde hacía décadas, su presencia enviaba un mensaje claro: esto no era un motín de suboficiales descontentos, sino una posición política sostenida incluso por generales. Su actuación durante el asedio fue objeto de debate —algunos la consideraron demasiado prudente en momentos que exigían decisión— pero nadie puso en duda su compromiso con la causa.
Junto a él, un puñado de oficiales de la Armada y suboficiales del Arsenal aportaron la pericia técnica sin la cual la flota cantonal habría sido un conjunto de hierros oxidados anclados en el puerto.
López Domínguez: la paciencia como táctica
En el bando gubernamental, el general José López Domínguez dirigió el sitio con la frialdad de quien sabe que el tiempo juega a su favor. Rechazó los ataques frontales —demasiado costosos— y apostó por el agotamiento sistemático: artillería diaria, bloqueo progresivo, corte de todos los suministros posibles. Fue efectivo. No brillante, no rápido, pero efectivo. Cuando Cartagena cayó, lo hizo sin el baño de sangre que un asalto directo habría supuesto. Eso, en cierto modo, fue también su mérito.
Caída y rendición (12 de enero de 1874)
El principio del fin
El 3 de enero de 1874, el general Pavía disolvió las Cortes Republicanas a punta de sable —literalmente: sus hombres entraron en el hemiciclo armados— y la Primera República agonizó de facto, aunque sobreviviera unos meses más en los papeles. El nuevo gobierno del general Serrano tenía un asunto pendiente. Uno solo: Cartagena.
Para entonces, la situación dentro de la plaza era terminal. Las reservas de víveres se habían agotado, el tifus diezmaba tanto a los combatientes como a los civiles, y la artillería gubernamental había reducido a escombros buena parte de las instalaciones defensivas del perímetro. La flota, amarrada sin poder zarpar, era ya más un símbolo que un arma.
La huida a Orán
En la madrugada del 11 al 12 de enero de 1874, los principales líderes del cantón tomaron una decisión que la historia juzgó de formas muy distintas. Antonete Gálvez, Barcia y otros dirigentes embarcaron en los últimos buques operativos —la Numancia, la Méndez Núñez— y pusieron proa a Orán, en la costa argelina bajo administración francesa. Los acompañaron varios cientos de combatientes que prefirieron el exilio a la cárcel.
Las autoridades francesas los recibieron con recelo y los internaron temporalmente. Para quienes se quedaron en Cartagena, aquella huida fue vivida con amargura. Para quienes partieron, era la única manera de preservar la vida y, quizás, la posibilidad de seguir luchando desde fuera. La verdad es que ambas lecturas contenían algo de razón.
Rendición y consecuencias
El 12 de enero de 1874, las autoridades cantonales que permanecían en la ciudad firmaron la capitulación ante el general López Domínguez. Las condiciones fueron más moderadas de lo que la épica del asedio habría hecho esperar: se garantizó la vida de los combatientes, aunque los procesos judiciales posteriores se saldaron con numerosas penas de prisión. Los bienes incautados fueron restituidos. El Arsenal volvió a manos del Estado.
Cartagena tardó años en recuperarse. No solo del daño material —los bombardeos habían destrozado barrios enteros— sino del desgarro social que deja siempre la derrota de una causa en la que tanta gente había depositado sus esperanzas.
Legado e impacto histórico
Lo que dejó el cantón en la historia de España
El Cantón de Cartagena fue, paradójicamente, tanto el punto álgido del cantonalismo como la prueba de su imposibilidad en las condiciones de la España de 1873. Su resistencia demostró que el federalismo popular tenía raíces hondas y una capacidad de movilización notable. Al mismo tiempo, su derrota —junto con la de todos los demás cantones— contribuyó decisivamente a desacreditar el proyecto republicano federal y a preparar el terreno para la Restauración Borbónica de 1874-1875.
Los partidos dinásticos de la Restauración —canovistas y sagastinos— utilizaron el recuerdo del caos cantonal como argumento permanente contra cualquier propuesta de descentralización o federalismo. Ese relato, construido con cuidado desde el poder, condicionó la percepción pública del episodio durante décadas. Solo a partir de la Segunda República comenzó una relectura más matizada y, en parte, reivindicativa.
Cartagena y su memoria cantonal
En Cartagena, el cantón nunca terminó del todo de irse. Se quedó en los nombres de las calles, en los discursos de los republicanos locales, en cierta manera de entender la relación de la ciudad con el poder central. Durante los años de la Segunda República, el recuerdo del cantón fue reivindicado con orgullo como expresión de la tradición democrática y autonomista de la comarca. Hoy es objeto de novelas, exposiciones, jornadas académicas y debates que revelan que las preguntas que planteó —sobre la autonomía regional, la justicia social, el papel del Estado— siguen teniendo algo que decir.
Y es que la historia del Cantón de Cartagena no es solo la historia de una derrota. Es también la de una comunidad que decidió, durante casi seis meses, que había formas mejores de organizarse; y que pagó un precio alto por haberlo intentado.
Proyección en el pensamiento político posterior
Desde el exilio, los líderes cantonalistas mantuvieron vivos los debates sobre el federalismo y conectaron con el republicanismo internacional. La experiencia de Cartagena fue leída de maneras contrapuestas: como advertencia sobre los peligros de la descentralización radical, o como inspiración para quienes seguían creyendo que un estado diferente era posible. Ni una lectura ni la otra son del todo injustas. Lo que el cantón dejó fue, ante todo, una pregunta sin respuesta definitiva sobre cómo distribuir el poder en una sociedad compleja y desigual.
Cronología del Cantón de Cartagena
| Fecha | Acontecimiento |
| 11 feb. 1873 | Proclamación de la Primera República Española. Abdicación de Amadeo I de Saboya. |
| Jun. 1873 | Pi i Margall asume la presidencia. La tensión entre federalistas radicales y el gobierno central se hace insostenible. |
| 12 jul. 1873 | Proclamación del Cantón de Cartagena. Toma del Arsenal y la flota del Mediterráneo. |
| Jul.–ago. 1873 | Los demás cantones (Alcoy, Murcia ciudad, Granada, Sevilla…) son sofocados en pocas semanas. Cartagena resiste. |
| Ago. 1873 | La flota cantonal bombardea Alicante. Grave error político: condena internacional y aislamiento diplomático. |
| Ago. 1873 | El general López Domínguez establece el cerco terrestre. Comienza el asedio sistemático. |
| Sep.–nov. 1873 | Refuerzo del bloqueo naval bajo el contralmirante Antequera. La flota cantonal queda progresivamente inmovilizada en el puerto. |
| Dic. 1873 | La situación interna es crítica: racionamiento severo, epidemia de tifus, escasez de munición y repuestos. |
| 3 ene. 1874 | El general Pavía disuelve las Cortes Republicanas. La Primera República agoniza. El gobierno Serrano se concentra en Cartagena. |
| 11–12 ene. 1874 | Los líderes cantonales embarcan en la Numancia y la Méndez Núñez hacia Orán (Argelia). Exilio voluntario. |
| 12 ene. 1874 | Firma de la capitulación. El general López Domínguez entra en Cartagena. Fin del Cantón. |
Fuentes y bibliografía
Archivos y fuentes primarias
- Archivo Municipal de Cartagena. Fondo documental del período republicano (1873-1874): actas de la Junta Soberana, bandos y proclamas.
- Archivo General de la Región de Murcia. Documentación relativa al sitio, correspondencia militar y testimonios de la rendición.
- Archivo Histórico Nacional (Madrid). Causa general y expedientes judiciales posteriores al cantón.
- Biblioteca Nacional de España. Hemeroteca histórica: La Iberia, El Cantón Murciano, El Imparcial, La Época (colecciones de 1873-1874).
Obras de referencia clásicas
- Pi i Margall, F. y Pi i Arsuaga, F. (1902). Historia de España en el siglo XIX. Barcelona: Miguel Seguí.
- Hennessy, C. A. M. (1962). The Federal Republic in Spain. Pi y Margall and the Federal Republican Movement. Oxford: Clarendon Press.
- Rubio Paredes, J. M. (1983). El cantón murciano. Murcia: Academia Alfonso X el Sabio.
- Vilar, J. B. (1992). El sexenio democrático y el cantón murciano. Murcia: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia.
Estudios recientes y perspectivas historiográficas
- Piqueras, J. A. (2016). La revolución democrática (1868-1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión. Madrid: Sílex.
- González Martínez, C. (2001). El cantonalismo en la Región de Murcia: política y sociedad en el Sexenio Democrático. Murcia: Real Academia Alfonso X el Sabio.
- Pérez Rojas, F. J. (2007). Cartagena en el siglo XIX: ciudad, arquitectura y modernidad. Cartagena: Ayuntamiento de Cartagena.
- Riquelme Mulas, J. (2018). La flota cantonal: poder naval e insurrección en el Mediterráneo español. Cartagena: Editorial Mediterráneo.
Nota editorial
Este artículo ha sido redactado conforme a los criterios enciclopédicos de WikiMurcia: neutralidad de punto de vista, verificabilidad documental y tratamiento equilibrado de los distintos aspectos históricos del episodio. Para citar este artículo: WikiMurcia, «Cantón de Cartagena», wikimurcia.com, consultado en 2026.

